Este periplo a La Rioja fue parte de un recorrido mayor. Casi un mes fuera de casa, comenzando en Inglaterra, con una breve escapada de 24 horas a Francia, y además una semana inolvidable en España. Una experiencia tan intensa como profundamente esperada, un sueño de vida.
Después de tres días en Heytesbury UK, llegué por primera vez a Madrid. Dormimos allí, caminamos la ciudad por sus hitos más importantes en una mañana luminosa y, casi sin darnos cuenta, ya íbamos rumbo al norte.
El tren nos llevó hasta Bilbao, donde alojamos y pasamos una mañana antes de arrendar un auto que nos llevaría a la connotada región de vinos en el país vasco. Desde ahí comenzaba el tramo más esperado del viaje: cinco días recorriendo La Rioja a nuestro propio ritmo.
Ese fue el ansiado destino. El lugar donde el tiempo se detuvo y nos llevó a los momentos más memorables de esta aventura. En La Rioja, todo parece tener otra escala: los días se alargan entre viñedos, las conversaciones se sostienen con calma y cada copa se vuelve una excusa para entender mejor el territorio.
No se trató solo de recorrer bodegas, también quisimos conocer su forma de vida donde el vino es memoria, identidad y presente al mismo tiempo.
En esta primera parte, recorro esos lugares que marcaron el inicio de una experiencia que, más que un viaje, fue una inmersión profunda en la cultura del vino.
La Rioja: un territorio que eleva los sentidos
Un lugar que nos recibió con una indescriptible fuerza silenciosa. No es estridente ni grandilocuente, es profunda. Aquí el paisaje habla bajo, pero con autoridad.
Viñedos que se extienden hasta donde alcanza la vista, pueblos de piedras milenarias, con calles angostas y que ciertamente fueron trazados muchísimo antes de que existieran los autos, más bien pensados en los caminantes.

El Camino de Santiago cruza esta región como un rastro luminoso. Antiguos senderos de peregrinos se entrelazan con viñas que hoy cubren más de 66.000 hectáreas. Recorrer — o simplemente mirar desde cualquier punto — estos paisajes es entender que el vino aquí no es una industria aislada, sino una prolongación histórica, cultural y humana.
En 2025, La Rioja celebró los 100 años de su Denominación de Origen Calificada (DOCa), una historia que de verdad se siente viva en cada rincón: en las bodegas, en las plazas, edificios antiquísimos, en las conversaciones… ¡en la mesa!
El Ebro: donde el vino encuentra su curso
Y es justamente en ese peregrinar que aparece el río Ebro, atravesando a La Rioja de oeste a este, marcando diferencias sutiles, pero decisivas. A un lado, suelos calcáreos, viñedos en altura y una influencia atlántica que aporta frescura. Al otro, pendientes más suaves y climas más cálidos.
Esa geografía es la que justamente se traduce en vinos distintos, incluso dentro de una misma variedad. La Tempranillo —alma de La Rioja— encuentra aquí múltiples expresiones, dependiendo de su origen, altura y suelo. Comprender esto, recorriendo el territorio, es algo que creo, ningún libro alcanza a explicar del todo.
Ramón Bilbao: innovación que reinterpreta la historia

En nuestro andar, llegamos a Bodegas Ramón Bilbao en Haro. Para nosotros fue un verdadero honor, y para ambos la primera experiencia enoturística en España. Conocer este proyecto desde dentro, nos permitió entender cómo una bodega centenaria puede mirar al futuro sin perder identidad, transformando cada visita en una experiencia inmersiva para los amantes del vino y los curiosos del buen vivir.
De la mano de nuestra amiga Zaida de Semprún, recorrimos sus viñedos, pero sin salir de la bodega, porque su propuesta apunta a transportar al enoturista a través de experiencias innovadoras que despiertan los sentidos (vista, olfato y gusto). Hablamos de cambio climático, de adaptación, de frescura y precisión. Ramón Bilbao no se olvida de la tradición, más bien, la reinterpreta.
Sus vinos con D.O.Ca. Rioja y D.O. Rueda, reflejan una Rioja contemporánea, vibrante, consciente de su historia y, al mismo tiempo, decididamente moderna.
Vivanco: el vino como cultura universal
En nuestro tercer día por La Rioja, precisamente en Briones, llegamos a Bodegas Vivanco, un verdadero ícono de la viticultura riojana y una familia que ya suma cuatro generaciones ligadas al vino. Antes de adentrarnos en su reconocido museo, comenzamos recorriendo la bodega y parte de su propuesta enoturística, en una experiencia que permitió comprender cómo aquí el vino se vive desde una mirada profundamente cultural, pero también contemporánea.
La visita avanzó entre salas de vinificación, barricas y espacios diseñados para acercar al visitante a la esencia del territorio. En Vivanco, tradición e innovación no compiten: dialogan constantemente. Esa filosofía también se percibe en sus vinos, donde junto a las distintas expresiones de la Tempranillo, aparecen variedades históricas y muy representativas de La Rioja como Garnacha, Mazuelo, Maturana Tinta y Maturana Blanca – entre otras -, parte importante de una identidad que la bodega ha sabido preservar y reinterpretar con enorme coherencia.

Luego llegó el momento de probar algunos de sus vinos, una degustación que terminó de darle sentido al recorrido. Vinos elegantes, precisos y muy conectados con el paisaje riojano, capaces de transmitir frescura, profundidad y un fuerte sentido de origen.
Todo esto ayuda a entender por qué Vivanco ha sido reconocida entre los mejores destinos enoturísticos del mundo en el ranking The World’s 50 Best Vineyards 2025, consolidándose como una de las grandes referencias internacionales del vino y el enoturismo contemporáneo.
Y quizás, justamente por eso, el paso siguiente hacia el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, se sintió tan natural. Un ícono que sin duda es mucho más que un museo, es una declaración. Un recorrido que en cada paso conecta al vino con la humanidad misma: desde ánforas antiguas hasta arte contemporáneo, desde rituales ancestrales hasta piezas que retratan la mesa actual.
Inaugurado en 2004 tras siete años de trabajo, el proyecto es la expresión de una vocación que comenzó décadas atrás, cuando Pedro Vivanco —figura clave del vino riojano— inició su búsqueda (casi obsesiva) por reunir objetos que dieran cuenta de la historia y cultura del vino.

Esa mirada encontró continuidad en sus hijos, Rafael (enólogo de Viña Vivanco) y Santiago (presidente de la Fundación Vivanco), quienes han sabido proyectarla desde la bodega y la fundación, consolidando un espacio que hoy reúne cerca de 5.000 piezas, y que solo en 2013, ya superaba los 100.000 visitantes anuales, posicionándose como uno de los grandes polos enoturísticos de la región.
Recorrer sus salas es avanzar por una narrativa que cruza historia, técnica y cultura con una naturalidad poco habitual. Prensas antiguas, sacacorchos, piezas arqueológicas y obras de arte conviven con recursos audiovisuales e instalaciones interactivas que explican, por ejemplo, el proceso de fermentación o la evolución de los materiales.
¿Se imaginan un pabellón dedicado a más de 3000 mil sacacorchos? ¡Increíble! Todo está pensado para que cada visitante encuentre su propio ritmo y punto de interés. Allí, el vino deja de ser solo producto para revelarse como relato: uno que se construye desde la vendimia hasta la botella, pero también desde la memoria, el oficio y la creatividad. Más que un museo, es una invitación a entender —y sentir— todo lo que hay detrás de cada copa.
Ser recibidos por Santiago Vivanco, y caminar cada espacio acompañados de su relato en primera persona, fue de verdad un privilegio. Su mirada amplia, muy generosa y profundamente cultural, confirmó lo que se percibe en cada momento al recorrer el museo: aquí el vino no es solo bebida, es patrimonio. Nada estático, es memoria y un lenguaje común.
Un encuentro improbable… ¡pero real!
Entre visitas, recorridos y conversaciones en torno al vino, hubo también espacio para lo inesperado. Porque en medio de este viaje —marcado por la historia, el paisaje y la cultura vitivinícola— ocurrió una escena difícil de anticipar, incluso en un relato como este.
Antes de llegar a nuestra primera bodega en Haro, y precisamente en el contexto de las celebraciones por el centenario de la Denominación de Origen Calificada Rioja, nos encontramos, literalmente, con S. M. Felipe VI.
La ciudad estaba especialmente tranquila, poca afluencia (imagino que por seguridad), pero con autoridades, prensa y visitantes del momento (igual que yo) que se congregaban en torno a esta conmemoración histórica, encabezada por el monarca.
En medio de ese movimiento, y casi como una escena suspendida, se dio un breve cruce. Alcancé a contarle que venía desde Chile, recorriendo el origen de estos vinos, y su respuesta fue tan simple como significativa: “en Chile también se hacen grandes vinos”.
Fue un instante breve, pero muy elocuente y emocionante, especialmente para quienes vivimos en sociedades donde no tenemos monarquías. No solo por lo inesperado, sino porque, de alguna manera, condensó algo que ya venía tomando forma a lo largo del viaje: el vino como un lenguaje compartido, capaz de conectar territorios, historias y personas.

Un legado vivo
La Rioja no es solo un destino enoturístico. Es un paisaje cultural vivo, donde pasado y presente dialogan en cada vista, en cada rincón. Donde el vino no se impone, sino que acompaña la estadía.
Cinco días aquí bastaron para entender por qué esta región es una de las más importantes del mundo del vino. Y también para confirmar algo más íntimo: cumplí uno de mis sueños, viajar a Europa y conocer España, desde donde de verdad se explica, su territorio.
¡Pero el viaje no terminó ahí! Tras La Rioja regresamos a Bilbao y luego a Madrid, ciudades que nos recibieron (antes y después, respectivamente), con su propia energía, gastronomía y ritmos increíbles.
Pero eso es para la próxima historia… y que merece el próximo capítulo.
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